me pregunta tu mirada
tan tierna y enamorada
con la luz del primer día.
¿Cómo vencer la apatía
la frustración, los enojos,
los abismos, los despojos
en que el tiempo nos convierte?
¿Cómo vencer a la muerte?
¡Refugiándome en tus ojos!
El valor —el ser valiente—
se nutre en la decisión
de arriesgar el corazón
para defender el puente.
¿Sangre inútil? De repente,
pero la naturaleza
de lo humano es la grandeza
de hacer del carbón cristales;
ser bueno entre criminales
es un acto de belleza.
Tengo una niña, es hermosa
como el sol del mediodía
que en mi otoño es alegría
de una dulzura furiosa.
Ya entiende que es más valiosa
la gente honesta. «Ser buena»
significa ver la ajena
necesidad como urgente.
La belleza es accidente;
la bondad, larga faena.
Fértil provincia que el mar
besa y arrulla con celo,
nunca fui extraño en tu suelo
generoso y familiar.
Encontré en cada lugar
al amigo y al hermano,
siempre me sentí paisano
sin «pero» ni requisito;
vaya cariñoso el grito
«¡Viva Chile!» de un peruano.
A pesar de los pesares:
El secuestro, la traición,
el cártel, la corrupción,
el narco y sus auxiliares.
Por sus amables lugares,
por sus eternas canciones,
por los grandes corazones
de ese pueblo tan querido,
gritamos como un rugido:
«¡Viva México, cabrones!»
No te rindas. Que el coraje
—que es carácter y algo más—
sea brújula, compás,
camarada y equipaje.
Sé valiente. De este viaje
saldremos todos sin vida,
pero la exacta medida
—la marca— de tu existencia
se encuentra en tu resistencia
frente al dolor y la herida.
Solo le temo al olvido
—no al de todos, qué más da,
sí al de tu infancia que está
muy cerca, aún, de su nido—.
¡Qué batalla haber nacido!
Vamos del goce al dolor.
La muerte rompe el color
y hace borroso el recuerdo;
si en tus memorias me pierdo,
que no se pierda mi amor.
Llueve. Las puertas abiertas
ceden paso a la frescura
del agua, que limpia y cura
y aviva gentes y huertas.
Como las plantas, despiertas
al ritmo del aguacero,
flor cuyo baile —ligero,
nuevo, feliz, soberano—
me viste de ser humano
liberado y verdadero.
Esto de ser y no ser,
de estar solo mientras tanto,
de hacer de risas y llanto
más que un derecho, un deber.
Entre mañana y ayer,
con entusiasmo y fatiga,
sólido como una viga,
delicado como un sueño,
resistiendo en el empeño
de vivir (o lo que siga).
¿Qué permanece? La esencia,
la promesa compartida
de embellecer nuestra vida
y hacer mejor la experiencia.
¿Tiene un porqué la existencia?
¿Trascendemos a la muerte?
¿Puede el amor ser más fuerte
que el olvido? No lo sé;
pero tú ya eres mi fe,
mi eternidad y mi suerte.
Dice el mito que una diosa
—mayor en tiempo y saber—
se presentó hecha mujer
dulce y amable y hermosa.
Cuando florece la rosa
nos deslumbra su belleza;
después, la vida tropieza
con el tiempo —dios verdugo—,
convierte el pan en mendrugo
y el entusiasmo en tristeza.
Cuentan que dos —¿será un mito?—
se encontraron cuando el sol
del mediodía era alcohol
en sus cuerpos, ¡mal bendito!
¿Lo demás? Cosas del rito
de arruinarse y ser feliz.
En la pasión no hay matiz
(no hay límites en los celos).
¿Y después? ¡Que ardan los cielos
y queme la cicatriz!
Cuenta el mito que hubo un sueño
frente al que yo —de rodillas—
comprendí las pesadillas
de ser esclavo y ser dueño.
Pasa el río y arde el leño.
Los dioses no son. El trigo
se hace pan. No hay enemigo
más feroz que la esperanza.
Si soy olvido que avanza,
tú eres sombra que persigo.
Dicen que fue alguna noche
que estabas, no sé por qué,
conmigo —¡qué acto de fe!—
sentada dentro del coche.
¿Será un mito? No hay reproche
ni público ni escondido.
No recuerdo ni el vestido
ni la boca ni las manos.
Tiernos, libres y paganos:
Somos hijos del olvido.
Hablo de mitos, de historias
redondas, como un cuento,
que alguien en algún momento
se inventó soñando glorias.
Confundidas las memorias,
todo es cierto. Aquella tarde
(de la que nunca hice alarde)
fue mentira y verdadera:
Tú, la feroz primavera;
yo, ni invierno ni cobarde.
Todo recuerdo es un mito
(y asombro, historia y leyenda);
piense aquel que me comprenda
(por eso lo dejo escrito).
La vida se vuelve rito
para encontrarse razón;
el tiempo (viejo ladrón)
roba todo pero, a veces,
¡les da licencia a sus jueces
para tener compasión!
El mío fue extraordinario
(concedo, porque era mío);
su carcajada era un río,
su amor, la fe de un templario.
Siempre inquilino precario
de la desgracia, un hogar
fue conmigo. No hay lugar
sin él. ¡Yo cómo pudiera
ser —hija— timón, bandera,
brújula y vela en tu mar!
«Ese gringo es un canalla,
¡no permitamos el muro!
¡Pobres, buscando un futuro
y encontrarse una muralla!
La de acá es otra batalla,
comprendan pe, es diferente;
la seguridá es urgente
y el control es necesario.
¿Racista? ¡No! Solidario
(pero solo con mi gente)».
Son arteros, sibilinos,
doble cara, traicioneros,
traficantes, embusteros,
aprovechados, mezquinos.
Van manchando los caminos
que llevan hasta el poder,
políticos que al nacer
perdieron la humanidad;
cuesta creer, en verdad,
que son hijos de mujer.